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Universidad y multiversidad

  • 16 feb 2018
  • 3 min de lectura

La imagen de los sabios griegos o de los maestros de la edad media es la de personas que encarnaban aquello que enseñaban; su saber era un hacer. La modernidad separó el saber del hacer y el conocimiento de la ética. Por ejemplo, los cientistas sociales dan ideas, pero son los políticos los que organizan, administran y deciden. Los sacerdotes y filósofos predican una ética, pero casi nadie se interesa en practicarla. Las utopías son la fabricación intelectual de un futuro deseado, pero las personas que quieren implementarlo en la práctica se ven incapaces de realizarlo.

En el origen de esta disociación entre saber y hacer, está el concepto de que el hombre es racional, lo que significó que puede construir ideas aisladas de su mundo emocional, de sus hábitos e intereses, de sus favoritismos y sus inclinaciones, de sus miedos y sus fantasmas. Más aún, de que él es capaz de realizar sus ideas, a través de aislarse de todas estas influencias interiores. A todo este mundo interno se le llamó el componente subjetivo del ser humano, y se le invalidó como un enemigo, como una amenaza a la realización de las ideas puras. El hombre racional era objetivo, es decir, no influenciado por todas esas fuerzas subjetivas.

Esta forma de entender al hombre generó también un tipo de educación. Como lo valioso del ser humano era su racionalidad, entendida como sus ideas, entonces se aspiró a ordenar y transmitir estas ideas en forma pura. Ya no se trataba de personas ejemplares que enseñaban un modo de vivir, sino personas que, sin importar como fueran, administraban y transmitían un cuerpo de ideas y de formas de hacer las cosas, que traspasaban de generación en generación.

Lo objetivo, homologado al uso de la razón, generó como un instrumento adecuado a su concepto la fijación de los pensamientos en libros, como expresión material de un conocimiento que también era material, es decir, tenía una forma, y ocupaba tiempo y espacio. La universidad y el colegio se convirtieron en las instituciones oficiales para transmitir este saber fijo y acumulado, que está muy bien conceptualizado como materia, porque se almacena en las bodegas de nuestra mente como si fuera cemento o granos de arroz.

Hoy estamos viviendo un nuevo ciclo de transformación cultural, en cierto sentido análogo al Renacimiento que constituyó el tránsito de la Edad Media a la Moderna; y así como en el Renacimiento surgió para la humanidad la posibilidad de pensar por sí misma frente a la dogmática de la Edad Media, hoy existe la posibilidad –frente a la dogmática de la modernidad- de pensar por nosotros mismos y de aprender de otra manera. Este proceso está ocurriendo como movimiento cultural de cambio epocal. En ese contexto han ido surgiendo múltiples iniciativas, entre ellas el concepto de multiversidad, del que han sido pioneros Miguel Grinberg en Argentina y Luis Weinstein en Chile.

La multiversidad tiene que ver con lo multiforme así como la universidad tiene que ver con lo uniforme. Lo uniforme es lo cortado de la misma manera, haciendo iguales a todos los sujetos, anulando su subjetividad. La modernidad es el tiempo histórico de la uniformación, que favoreció toda la organización a gran escala. La época cultural que se abre recupera lo multiforme: el derecho a las múltiples formas, a la subjetividad y a la diversidad. Ello trae aparejado un nuevo modo de aprender y enseñar.

Ya no se trata de traspasar la materia desde la bodega del profesor a la bodega del alumno, sino de despertar el anhelo de descubrir y de saber, la recuperación de una persona que guía a otra desde su entusiasmo, desde un oficio que es una expresión de su vocación interior, de saberes que muestran otras visiones de mundo, que son búsquedas y no recetas, que forman existencialmente al ser humano.

En este contexto, la transición de la universidad a la multiversidad no es una de reemplazo ni de antagonismo; la multiversidad nace para influenciar y enriquecer a la universidad. No es fácil, dada la masividad del mundo actual, generar la organización de las personas a gran escala. Lo uniforme facilita este ordenamiento: la uniformidad en horarios, en trabajos, en maneras de vestir, todo ello facilita la operación a gran escala. Por eso es que la transformación para que el universo sea un multiverso sólo puede ser un proceso gradual de generación de prácticas multiversas a pequeña escala. La multiversidad es el intento de un diseño que amplíe la escala de la nueva forma de transmisión de saberes, la multiversidad es una nueva práctica educacional.


 
 
 

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