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El cometa

  • 16 feb 2018
  • 3 min de lectura

Estábamos en un campamento en la mitad de la playa de Quinteros.

Ese día yo esperaba que me sucediera algo maravilloso. Uno de mis compañeros que decía conocer técnicas adivinatorias, tirando unos pequeños palitos al aire, me lo había pronosticado a cambio de mi postre. Esperaba aunque no sabía qué. Mi deseo intenso fue que aquello viniera por el lado de una niña que sólo tenía ojos para alguien un par de años mayor. Yo no estaba preparado para esa competencia que sentía perdida de antemano. Aparte de ella, durante el día, mis únicas preocupaciones eran los juegos con las olas y las competencias organizadas por los monitores del campamento.

La esperanza ocupó mi mente y ese día me fue mal en todo. Fui un mal jugador en los equipos en que participé; el mar y las olas no me entregaron el goce de siempre, fui incapaz de ver joyas en las conchas o las piedras pulidas por el mar, no escuché los chistes y ocurrencias de mis compañeros. El día transcurrió lentamente y para mi desconsuelo no pasaba nada, la espera me envolvió en una bruma opaca.

¿Quizás qué perdí al andar con los ojos ciegos y los oídos sordos? Aguardar "lo maravilloso" le quitó todo sentido a mi vida. Después supe que, en la fogata de esa noche, había tocado guitarra un padre que vino a acompañar a su hija por unos días, lo que de ordinario habría sido para mí un deleite, apenas si lo escuché. Esa noche me costó dormirme invadido por el desconsuelo y el fracaso de mi inútil y larga espera. Sentí que había algo premonitorio en todo esto, así sería mi vida esperando en vano lo que nunca llegaría. De noche me levanté a orinar, caminando como un sonámbulo, con los ojos apenas entreabiertos para no despertarme del todo, me alejé un poco hacia la playa preocupado sólo de no enredarme en ningún tirante de carpa. Cuando me sentí lo suficientemente lejos para no ser oído, comencé a orinar con un placer juguetón (creo muy masculino) de dibujar o escribir el nombre de la amada en el suelo.

Pasada la urgencia e irremediablemente despierto con la brisa del mar y el ruido de las olas, respiré profundo para llenar mis pulmones con el aire marino y levanté mis ojos. Me detuve en la mitad de gesto ya que me encontré frente a algo totalmente inesperado, inolvidable: un cometa, un cometa que, con una cola enorme, atravesaba el cielo de lado a lado. Me quedé ahí mudo contemplando esa maravilla que sentí creada para mí. El silencio me dijo que nadie más miraba el cielo en ese momento. Un escalofrío recorrió mi cuerpo. Quise ser sólo ojos para ver cada detalle, quise poder recordar todo, para poder recrear dentro de mí durante el resto de mi vida, ese cielo cruzado por esa inmensa cola de plata. Su maravilla me dio una especie de exaltación. Sentí que había nacido para gozar de ese momento. Nada de lo vivido tenía ahora el mismo sentido. Como si en alguna parte de mí ser hubiera estado escrito, sin que yo lo supiera: prepárate verás un cometa, no cualquier cometa, si no éste cometa. Adiviné que esa belleza sin descripción posible me daba un destino. No sabía cuál. Debía encontrarlo. Cuando comenzó a aclarar y mi cometa poco a poco a desvanecerse. Helado, con mi tesoro, en silencio, como los que han recibido un rito sagrado, volví a la carpa. Allí viví la pena de sentir que mi cometa, poco a poco, se borraba también dentro de mi mente. Supe que palabras serían siempre pobres para referirme a él y mi mente no podría nunca recrearlo. Quizás con suerte, alguna vez en algún instante fugaz e inesperado, algo me lo recordaría en todo su esplendor. Al día siguiente nadie me creyó. Yo mismo comencé a dudar y pensar que había sido un sueño. Pero, cuando volví a la playa, sobre la arena, algo borrado por el viento, aún estaba mi dibujo. Al mirarlo sonreí, había vivido lo tan esperado "maravilloso". Nunca lo olvidé.

Tomado de Revista Co-Incidir Nº 15.


 
 
 

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