De la corrupción a la colaboración
- 27 abr 2017
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En el país se ha instalado en la opinión pública una ola de severidad calvinista, de indignación y exigencia de sanción moral y legal. Pero falta un intento de comprensión sobre el por qué de esta escalada tan masiva de conductas reñidas con la ética y la ley. La comprensión puede provenir de dejar la severidad calvinista y adoptar la compasividad budista.
Hoy los medios de comunicación son informadores y comentaristas. Lanzan sus dardos, pueden opinar y destruir, pueden denunciar y transparentar. Pero ¿cuál es la altura de ellos? Si se ataca a políticos y empresarios, ¿cuál es la cualidad moral de la opinión pública?, ¿y la de los ‘comentaristas’, humoristas y politólogos?
Argumentar que nadie puede tirar la primera piedra no es una propuesta de indulgencia. Me rebela el abuso de los que ejercen el poder, su intento de no ser expuestos y continuar con sus malas prácticas. Pero hay que incorporar en la ecuación que las conductas de malas prácticas de empresarios y políticos –como de todos- responden a su fragilidad psicológica. Aunque para ellos esta idea resulta inaceptable y ofensiva.
Entonces ¿qué puede aportar la compasividad budista?. ¿Qué implica? La entiendo como un equilibrio entre asumir la fragilidad humana, pero neutralizar los resultados destructivos de la acción humana producto de esa fragilidad. Significa transparentar pero no hacer escarnio. Contener la acción de daño, pero no odiar ni querer destruir al dañador.
Nos hace falta hacernos preguntas en profundidad. ¿Qué ha conducido en este periodo del país a la facilidad con que élites, profesionales intermedios y población de más masivamente el paso hacia las prácticas ilegales?
Genéricamente no puedo sino visualizar un motivo: necesidad psicológica recubierta de autoengaño justificador. La necesidad o fragilidad psicológica llevada al imperativo compensador de ser exitoso, detentar el poder; en tanto la autojustificación se ancla en la convicción de que ejerzo el poder o el dominio económico para el bien de los demás. O que de lo que me apodero es –como Robin Hood- un legítimo robo al rico. O me justifico en mi convicción subjetiva de que el mundo premia al más fuerte, y que mi poder, mi riqueza y mi dominio sólo demuestra esa condición superior que me corresponde. O que si lo que obtengo me lo procuro de mala manera, es porque el mundo es un lugar corrupto y cínico donde todos actúan igual. Pero ¿por qué vivimos hoy un periodo de especial fragilidad psicológica?
Por cierto que todo este clima generalizado cuenta con muchas excepciones –decididamente mayoritarias. Hay muchos que no dan el paso a que su fragilidad y su necesidad no los lleve al acto corrupto. Pero la escalada cuantitativa de los que dan el paso a la corrupción es significativa.
A lo que necesitamos atender es a las bases psicológicas del aumento de fragilidad psicológica en este tiempo. La corrupción sería una debilidad psicológica así como lo es la depresión, que también escala de manera impresionante, y probablemente se anclan en bases comunes. Si los valores sociales sólo dan valor al triunfador, mi opción es triunfar y ascender con cualquier recurso, o bien deprimirme por ser un fracasado.
Si seguimos ensalzando al triunfador, vamos a tener que lidear con todas las malas prácticas de los derrotados, que necesitan alzarse como triunfadores.
En tanto si levantáramos como valor la colaboración, desactivaríamos las bases psicológicas de la corrupción –que significa corromperse interiormente por mostrar un valor exterior- y las bases psicológicas de la depresión -que surge desde la sensación de impotencia-. Necesitamos para ello cambiar el cuerpo de valores a los que la sociedad postula.
imagenes tomadas de:https://www.google.cl/search?hl=es&site=imghp&tbm=isch&source=hp&biw=1517&bih=735&q=corrupcion+y+colaboracion&oq=corrupcion+y+colaboracion&gs_l=img.3...19247.25302.0.25697.26.14.0.12.3.0.89.719.12.12.0....0...1ac.1.64.img..2.14.690.0..0j35i39k1j0i8i30k1j0i24k1.khFl9te4wC0#imgrc=klgh1iTfjKQa9M:
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