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Convivencia nacional y emociones

  • 9 feb 2017
  • 3 min de lectura

Necesitamos pensar la convivencia nacional como un espacio de aprendizaje de buena convivencia. Esta idea está totalmente desatendida, pues suponemos que la buena convivencia se da sola, y si no ocurre sólo sabemos sermonear o castigar, no sabemos educar en buena convivencia.

Lo que en general no consideramos es que la mala convivencia está instalada sobre las emociones negativas, en daño emocional.

¿Qué es el daño emocional? Es el impacto emocional en la persona proveniente de una serie de conductas de las que ha sido víctima, tales como abuso, maltrato, inseguridad, rechazo, descalificación, etc.; maltrato que recibe de manera reiterada y que provocan en el niño en lo esencial la siguiente conclusión: perdí la confianza en la bondad humana; perdí la fe en la confiabilidad y la buena intención de la figura adulta. He perdido la fe en que tenga sentido integrarse armónicamente a la vida de convivencia. Y como consecuencia de esto el joven ha perdido el entusiasmo por desarrollarse y ha perdido la fe en sí mismo.

Así de drástico es el efecto del daño emocional del maltrato, con la consiguiente instalación en el niño de una emocionalidad negativa, tanto por lo que ha padecido, como por lo que ha aprendido como conducta al recibir estos modelos de figuras adultas.

¿Cómo, desde esta negación del vínculo, de negación de la autoridad, y de negación de sí mismo, en cada niño, podemos crear una buena convivencia y construir ciudadanía?

Lo ilustro en una experiencia con un curso de un Liceo, cuando un estudiante se refiere a otro que no quiere expresarse frente a una pregunta sobre sus motivaciones: es que este es el ‘cara de nada’. Esta es una descripción psicológica finísima sobre la pérdida de fe de ese joven en el mundo y en sí mismo.

Por ello es que el país requiere proponerse como primera misión sanar emocionalmente en todo lo posible a niños y jóvenes, para mejorar su posibilidad de desarrollarse como personas que se puedan integrara una sociedad que aspire a ser constructiva y armónica.

El problema es que para poder hacerlo, requerimos de adultos que se hayan sanado ellos mismos en lo emocional, en algún grado que les permita ser modelos de una conducta emocional más sana.

Requerimos a nivel nacional un programa conducente a elevar la salud emocional de los adultos, de modo que en sus desempeños laborales y profesionales, especialmente entre los que formarán niños, puedan actuar desde una emocionalidad más sana.

Esto nos enfrenta a algo que no está en la cultura actual. En general el adulto no considera necesitar una educación emocional. Cada quien se considera a sí mismo como expresión de un comportamiento razonable y correcto, y que sus emociones son las adecuadas a la situación. Y todo adulto tiene una batería de razones para argumentar que esto es así. Pero lo real es que de adultos todos necesitamos un

aprendizaje emocional, y un aprendizaje de transformación de algunas de nuestras conductas.

El conocimiento para este aprendizaje y esta transformación está en el campo de algunas disciplinas formales y otras alternativas. En la psicología y sus campos vinculados como la orientación, la mediación o el coaching; y todas las disciplinas de sanación alternativas.

Para poder incorporar procesos de aprendizaje en sanación emocional en un enfoque de construcción de ciudadanía, necesitamos también incorporar la comprensión de que los procesos son largos, o al menos de mediano plazo. No es que no sean eficaces, sino que no son de efecto inmediato.

Los aprendizajes emocionales tienen algunas disciplinas orientadas a tener vivencias emocionales agradables, y otras centradas en el autoconocimiento, que pasan con reencontrarse con los dolores emocionales para sanarlos, y por lo tanto no son producen emociones gratas en lo inmediato.

Es importante que en la incorporación del aprendizaje emocional a la ciudadanía se tenga la perspectiva de que algunas disciplinas representan vivencias gratificantes en lo inmediato, y otras representan vivencias dolorosas en lo inmediato, y que ambas requieren para convertirse en transformaciones internas y en cambios de conducta, de ‘medianos plazos’. No hay nada que garantice más que una experiencia se frustre, que ponerle expectativas que no puede satisfacer.


 
 
 

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